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De un tiempo a esta parte los entrenadores han ganado protagonismo en el fútbol. Aclaremos que este asunto no es un fenómeno actual sino que viene creciendo a pasos agigantados desde finales de la década del 60, es decir que lleva ya cerca de 40 años. ¿Está mal? No, para nada. Ocurrió una cosa parecida a la del cine: los equipos empezaron a tener una marca registrada, a diferenciarse no sólo por la calidad de sus futbolistas sino también por el estilo que desarrollaban dentro de la cancha gracias a los conductores. En el cine, desde la revolución en la crítica que marcó la revista francesa Cahier du cinema hacia acá, ya no se valora únicamente la capacidad de los actores sino que también se considera quiénes son los directores. Si en el cine se habla de cine de autor, en el fútbol podríamos decir que se trata de fútbol de autor.
Y así nació el menottismo y el bilardismo (por mencionar a las dos grandes escuelas de Argentina) de las que después se fueron abriendo diferentes vertientes, todas identificadas con nombres propios: Daniel Passarella, Marcelo Bielsa, Alfio Basile, Carlos Griguol y tantos otros nombres que le fueron dando forma a este tema. En el resto del mundo también ocurrió algo parecido desde el Inter de Helenio Herrera. Y así aparecieron los equipos de la escuela holandesa, la alemana, la italiana, la brasileña y tantos otros sistemas que fueron haciendo más grande todavía a este deporte. Ponernos a detallar cada uno de los nombres sería larguísimo. Apenas vamos a mencionar algunos apellidos de la historia como para que todos sepan claramente de qué estamos hablando: Rinus Michels, Ernst Happel, Helmut Schöen, Franz Beckenbauer, Enzo Bearzot, Joao Saldanha, Mario Lobo Zagallo... Ahora bien. Una cosa es el fútbol de autor y otra cosa es el fútbol de actor. Porque bien se puede decir que los entrenadores hoy no sólo tienen protagonismo porque paran de una u otra manera a los equipos sino también porque se han convertido en personajes fuera de la cancha, en animadores que mueven las emociones de la gente según su conveniencia y estado de ánimo. El domingo fue increíble ver a Ricardo La Volpe al finalizar el partido de Boca. El entrenador fue consultado en el campo por el periodista de la televisión si su equipo había cumplido la mejor actuación desde que llegó a Boca. Y el entrenador, cual fuera una vedette consultada por un chimentero por su último romance con un empresario, ni siquiera se dignó a mirar al sorprendido periodista, quien le preguntaba una y otra vez. Digamos que la actitud de La Volpe fue insólita, ya que bien puede no tener ganas de responder, pero de ahí a convertirse en una persona irrespetuosa hay un trecho muy grande. Nadie tiene derecho a ignorar o a ningunear a su interlocutor, más si es abordado (como ocurrió, por otra parte) con respeto. Esta actitud de La Volpe, más vinculada a la que podría tener Harry El Sucio Callahan (aquel mítico personaje de Clint Eastwood) que a la de un simple entrenador que había ganado 2 a 1 un partido contra Arsenal, tal vez tiene que ver con las críticas que viene recibiendo por, supuestamente, haber lanzado por la borda en apenas dos meses todo lo bueno que Alfio Basile había construido en un año y medio. O tal vez sigue molesto por lo que consiera un exceso de "llanto" del entrenador de River, Daniel Passarella, quien aprovecha cada una de las oportunidades que tiene para criticar a los árbitros y para decir que benefician a Boca. La verdad, no sabemos qué le pasó a La Volpe. Pero sí podemos decir que no le quedó nada bien. A propósito de Passarella, los que conocemos de otras épocas al ex entrenador de las selecciones de Argentina y Uruguay, podemos decir que cada uno de sus pasos nos asombra más. Su actitud "llorona" es llamativa, porque Passarella nunca se caracterizó por ser una persona quejosa. Pero mucho más llamativa es la respuesta que dio en la conferencia de prensa el domingo, cuando fue consultado por este asunto. Dijo, después de sonreír: "Puede ser. Tal vez estoy más viejo, más llorón... más sensible... más vulnerable". Queremos conocer ya mismo al terapeuta de Passarella y pedirle un turno, por supuesto. Fuera de broma: el cambio de Passarella es realmente increíble. Dejando de lado su postura llorona (que existe, que es real y que, para ser francos, no le sienta bien dirigiendo a un grande como River), el entrenador parece haber entendido como es este juego del fútbol, especialmente la parte de afuera de la cancha. Algo que antes lo transitaba con pesar y que, ahora, parece haberlo incorporado naturalmente a su vida cotidiana. En otro escalón está Oscar Ruggeri, otro gran protagonista de frases o actitudes célebres. Después del 0 a 5 ante River (ya venía de un 1-7 ante Boca y de la eliminación de la Copa Sudamericana) el DT, dijo dos cosas increíbles: 1) "Me equivoqué al jugar la Copa Sudamericana y dejar de lado el campeonato. Le tengo que dar la razón a La Volpe y a Passarella que la dejaron de lado". Ruggeri, para que quede claro, nunca resignó el campeonato por la Copa Sudamericana. El campeonato lo resignó a él a jugar la Copa Sudamericana. Y fue después de haber perdido partidos claves en su lucha por el torneo y con todos los titulares en la cancha: 1 a 0 con Estudiantes, 2 a 0 con Lanús, 3 a 2 con Gimnasia y 2 a 1 con Nueva Chicago, cuatro partidos ganables y que no perdió por haber apostado a la Sudamericana sino por haber jugado pésimo. 2) "Vamos a sacar a San Lorenzo adelante como corresponde". La pregunta que uno se hace es: si no lo consiguió hasta ahora, ¿por qué habría de hacerlo de aquí en más? ¿Qué cambió? Es más: ¿después de tantos goles tiene la capacidad para conseguirlo? Que se nos permita dudar. También hay otros ejemplos en el camino. Como los de Miguel Angel Russo y Diego Simeone, que más allá de que juegan partidos especiales para las cámaras de televisión (todos lo hacen, así que no hay por qué reprocharles nada), se quejan poco y nada de los fallos arbitrales y se preocupan únicamente por armar sus equipos de la mejor manera. O también podemos mencionar a Reinaldo Carlos Merlo, quien normalmente es un maestro en eso de distraer, porque consigue que los periodistas le pregunten más por cuestiones aleatorias (cábalas y otras cosas sin importancia) que por las razones del mal rendimiento de su equipo. Como se ve, hay de todo en la viña del señor. Lo único que está claro es que los directores técnicos siguen ganando terreno. Primero fue en la formación de los equipos y en quitarle a los jugadores poder dentro de la cancha, a punto tal que hoy son autómatas que responden más a los deseos que llega desde el banco de suplentes que a su propia inspiración. Y ahora gobiernan también el universo mediático. Tanto es su protagonismo que uno se siente vacío si llega el domingo a la noche y no escuchó hablar a los técnicos. Para decir, en la mayoría de los casos, nada. Pero, al fin y al cabo, ¿quién espera escuchar algo importante? Si al final estamos hablando de fútbol. Algo que parece trascendente en cualquier charla masculina de sobremesa pero que, en realidad, es una anécdota en un mundo cada vez más complicado.
Mariano Hamilton fue redactor y editor de la sección Deportes del diario Clarín (entre 1983-95), co-creador y subdirector del diario deportivo Olé (96-99), director de la Revista El Gráfico (2000-02), secretario de redacción del Diario Perfil (04-06) y co-fundador de las revistas Llegás a Buenos Aires (cultural) y Un Caño (deportiva), todos medios de la Argentina. Actualmente es editor y columnista de ESPNdeportes.com. Consulta su archivo de columnas. Consulta su archivo de columnas. leido en http://espndeportes.espn.go.com/news/story?id=498755 |