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Desde que se lo valora especialmente por su costado estadístico, el fútbol permite interpretaciones que muchas veces chocan con lo que de veras ocurre en una cancha en el sentido estético. Los seis puntos sobre dos partidos, el arco invicto y la punta del torneo dejarán a Estudiantes a resguardo de sensaciones de las que tal vez no tenga por qué hacerse cargo: al fin y al cabo entiende que lo suyo, como lo de cualquier equipo, es buscar la eficiencia. Y tampoco desde el sentido de justicia hay nada para cuestionarle, porque le ganó a Gimnasia (J) con toda claridad y hasta pudo haberlo hecho tranquilamente por una ventaja mayor que el mínimo 1 a 0.
Al partido le sobró actividad, pero intrascendente fuera de lo que puedan opinar los tobillos y las piernas de unos cuantos jugadores. Noventa minutos básicamente hechos de pelotazos sin sentido, choques, pases malos, revolcones, secuencias de cabezazos y voleas sólo por despedir la pelota hacia adelante. Si todas esas cosas fueran virtudes, el primer tiempo podría tomarse como una obra de arte: el césped de la cancha de Quilmes, en esa mitad, pareció un inmenso flipper en el que el balón rebotaba caótico. En apenas nueve minutos, el árbitro Lunati sacó dos tarjetas amarillas; al fin de la tarde serían nueve, rematadas con dos expulsiones, y hubo muchas jugadas en las que el juez fue permisivo. Esas cifras también hablan del partido.
A Estudiantes le costó empezar a mostrar que es bastante mejor que este equipo jujeño, tan débil y limitado al menos ayer. Necesitó un gol, que llegó con un movimiento casi fortuito del desarrollo: desde el fondo Alayes sacó un pelotazo más, pero la pelota picó y confundió a los centrales de Gimnasia, que permitieron el cabezazo de Pavone hacia Calderón; el experimentado delantero completó la rara jugada con un derechazo cruzado. Si hasta entonces los jujeños se limitaban a resistir lo mejor posible, obligados a buscar algo extra no hicieron otra cosa que desnudar más sus problemas. Hay un par de líneas fácilmente visibles en lo que Simeone quiere inculcarle a su equipo. Una es la consigna de presionar sin descanso, a la que no le escapan los delanteros. Otra, que hace descansar casi toda la responsabilidad creativa en Verón; a la Brujita no le es fácil reacomodarse en un medio tan ríspido, pero su pegada y su diferencia de lucidez le alcanzan para destacarse. En lo sucesivo, el ex referente del seleccionado necesitará más ayuda de compañeros como Sosa para completar ese trabajo. Hay otros rasgos de la cultura futbolística que a Verón le infundió su largo paso por Europa. En un momento vio caído a Noce y no dudó ni un segundo en mandar la pelota afuera, para que atendieran al rival golpeado; no le importó que, justo en ese momento, el lateral jujeño estuviera siendo el blanco de todos los insultos de los hinchas de Estudiantes, por un encontronazo previo con Calderón. Los jujeños, que contra San Lorenzo dejaron una buena imagen pese a la derrota, pasaron sin intervalo a una situación muy preocupante: ayer fueron inoperantes en ataque y su defensa dio todo tipo de ventajas. Especialmente en los centros aéreos, que no menos de cuatro veces podían haberle permitido a Alayes o a Ortiz estirar la ventaja. La rústica resistencia que ofreció Gimnasia en el primer tiempo se desmoronó en el segundo, en el que Estudiantes fue decididamente superior y pudo ampliar la diferencia más de una vez. La idea de que el 1-0 quedó corto se potenció en el final, después de que con la velocidad del rayo Gimnasia se quedó con dos hombres menos, por las expulsiones de Medero -en un minuto recibió dos amonestaciones- y Kmet -golpeó muy duro a Galván-. En ese ratito, Estudiantes desperdició increíblemente tres ocasiones claras: sucesivamente fallaron Maggiolo, solo y con el arco vacío después de una jugada de Sosa; el propio Sosa, y Verón. El tardío oasis de emociones ya no alcanzaba para cambiar el sabor del partido, pero a Estudiantes le permitió sentir que va creciendo.
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